Antes de salir a pista, aquí nomás en la Rural ya se nos contagió el entusiasmo y la adrenalina de es-te deporte que se ganó un lugar especial en el corazón de los argentinos. Desde el año pasado, cuando la emoción comenzó tibiamente, hasta este 2010, parecería que la competencia llevara dé-cadas desarrollándose en nuestro país. El fervor de este pueblo por los fierros es largamente conoci-do y lo demuestra cada vez que tiene una oportunidad. Quien les relata siempre pensó "qué es lo que llevaría a esos locos a estar muriéndose de frío y/o calor, especialmente en las sierras de Córdoba, esperando ver pasar a un auto a 200 km por hora". Hoy en día, entiendo cuál es la motivación.
Es que hay para todos los gustos: motos, cuatriciclos, autos y monstruosos camiones. A eso le su-mamos otro condimento especial, la posibilidad de tener a un argentino como campeón del Dakar y es allí donde ponemos todas las fichas. Para mejor, ahora se suma el hermano y muestra que también es muy bueno. Durante la primera quincena de enero todo era Patronelli.
La salida desde Buenos Aires fue un caos. Imprudencia y suerte porque nadie salió lastimado durante las primeras maniobras del desfile. La multitud no siempre respetaba las directivas de la seguridad del evento. Por suerte fue un desfile triunfal por la ciudad y una calidez que se transmitía a cada paso. Esto mismo se reiteraría en cada lugar, en cada pueblo en el que los vehículos hayan pasado. El fer-vor, la alegría, el deseo de cada uno en ser un poquito participe de este Dakar era irresistible para la gente.
En Córdoba, a la vera de la ruta, en un paso de carrera hemos visto pasar a los competidores en sus vehículos a toda velocidad (desde una cómoda tribuna y con una copa fresca en la mano).
Durante la noche visitamos el vivac de Córdoba donde los pilotos llegaban después del primer espe-cial.
Ya estábamos en carrera. Saludamos a Marcos Patronelli y le deseamos suerte para las próximas etapas. Vimos dónde cenaban, también pudimos ver algunos vehículos ya golpeados, pilotos de mo-tos muy cansados. Sin lugar a dudas es una prueba devastadora, y la carrera recién empezaba.
Gracias a Renault Trucks nos subimos al Sherpa, vehiculo de 8 tn en esta versión adaptada para el Rally (la versión militar, con blindaje pesa 11 tn). Esta majestuosa nave acapara la mirada de todos a su paso, y todos querían sacarse una foto junto a él.
Por dentro es un vehículo que cumple con los estándares de seguridad, tiene un muy buen aire acondicionado, importante para los lugares que de-bía recorrer, pero no posee lujos, ya que no los necesita, salvo una gran heladera (muy conveniente) en la parte de posterior. Equipado con toda la parafernalia, GPS, Iritrack, que cada tanto te advertía que había que bajar las revoluciones, recorrió la ruta, escaló la montaña sin sentir el menor esfuerzo hasta la largada del especial Córdoba - La Rioja.
En una mañana lluviosa, vimos la largada de los autos. Tuvimos a pocos pasos de nosotros a Carlos Sainz y a Nasser Al-Attiyah, el ya conocido príncipe Qatarí. Un caballero, quien amablemente se prestaba a sacarse fotos con quien se lo pidiera. Van saliendo de a uno y cada dos minutos. Si bien la largada no es de lo más emocionante, tenemos la posibilidad de tener a los pilotos a un par de me-tros de nuestra posición. Después de la salida de los camiones, que se dirigen a La Rioja, allí vamos también, como ocupando la retaguardia de un ejército que se adentra en el más árido desierto.
Dejamos el Sherpa, ese fierro que despierta admiración a su paso y, a partir de allí, nos sumamos a unos fanáticos de este deporte que tenían previsto llegar hasta Iquique en el norte de Chile. Ya a esta altura empezamos a estar con serias dificultades en las comunicaciones pero es entendible, es-tamos en el medio de la nada (o casi).
Junto a estos apasionados, hoy amigos, cruzamos la cordillera. Quizás esto es una de las cosas que más me impactó. Estuvimos a 4500 m sobre el nivel del mar, donde la cabeza se siente bastante pe-sada, duele, y uno siente en carne propia lo que es apunarse. Pero la experiencia vale la pena, el paisaje es sobrecogedor. No hay palabras para describir la belleza de estos lugares, las imponentes montañas de todos los colores posibles y las combinaciones menos imaginables. Todo es muy árido, todo es muy seco. Seguimos subiendo y la cabeza explota, uno se siente mal, pero piensa, no puedo perderme esto, tengo que fotografiarlo para luego poder compartirlo. A 3500 m hay una laguna que no se puede creer que este allí. Tiene agua cristalina, está rodeada de inmensas montañas, es un paisaje de una belleza incomparable, pero es real y todavía falta muchísimo.
Pasamos por la aduana de Chile y allí nos juntamos con pilotos, camiones de apoyo, de acompaña-miento logístico y unos pocos que vamos siguiendo la ruta del Dakar.
Arribamos a Copiapó y luego de ver la largada nos trasladamos aproximadamente a 100 km de allí para averiguar por dónde pasarán los pilotos para apostarnos lo más cerca posible y vivenciar con mayor intensidad la experiencia Da-kar. Verlos competir a full, lanzados en velocidad a Coma, Despres, Ullevalseter, a los hermanos Pa-tronelli, a Sainz, De Villiers, Peterhansel, Al-Attiyah, Miller, al inigualable Roby Gordon y ni hablar cuando pasaron los Kamaz, Chagin, Kabirov, y nuestro amigo el holandés Van Vliet, realmente vibra el desierto al paso de estas máquinas.
Pasamos al desierto de Atacama y, entre Atacama e Iquique, padecimos el terrible calor que hace en ese lugar. Desde temprano nos ubicamos estratégicamente en la ruta donde iba a estar la acción. Primero llegaron las motos, con Chaleco López a la cabeza y, de a poco, lo fueron haciendo los de-más. Luego llegaron las Tuoareg, rugiendo descarnadamente, y la BMW de Peterhansel. Más allá, el Hummer de Gordon. Cuando pasan los camiones parece que se acerca una locomotora que hace temblar la arena.
Las etapas empiezan a quedarse con pilotos y máquinas. El cansancio ya es notorio. También lo es para nosotros, que vivimos a un ritmo vertiginoso en el que estuvimos más de 10 horas en el desier-to. Ya estamos agotados. Después de dormir unas pocas horas en carpas y colchones inflables que a mitad de la noche se desinflan cuando ya no hay fuerzas ni para soplar, uno se despierta con el cue-llo hecho una trenza. Después de Antofagasta paramos y decidimos volver. Cruzamos nuevamente la cordillera pero esta vez por otro paso, Aguas Negras.
Podríamos decir que este fue el lugar más sorprendente que conocí. Es un paso difícil, pero es aluci-nante, les recomiendo que si tienen la oportunidad de hacer ese viaje, no se lo pierdan. Cada metro que uno va recorriendo se le presentan imágenes increíbles. Atravesando una ruta de una mano, a nuestro lado el precipicio de 4000 metros, pasamos junto a toda la paleta imaginable de colores en esas increíbles montañas. Pasamos nuevamente por la aduana y entramos en San Juan. Es sorpren-dente lo que se siente al estar nuevamente en nuestro país, todo nos parece mucho más cercano, aunque aún falten 1300 km para llegar a Buenos Aires. Nuestras familias nos esperan, y nosotros ex-trañamos demasiado. Pero la experiencia valió el esfuerzo.
Durante varios días, lo único que queríamos era descansar y ya llegado el domingo fuimos a la pre-miación. La gran ovación se la llevaron los Patronelli junto con su premio y a nuestro compatriota Orly Terranova y todos los muchachos que con gran esfuerzo participaron de éste rally.
Los grandes ganadores fueron las tres Touareg, o sea el equipo VolksWagen, que hizo un podio azul a pleno. Carlos Sainz pudo darse el gusto que no tuvo el año pasado. El Zar Chagin, demostró que con él no pueden, y sigue rompiendo récords con su Kamaz. El francés Cyryl Despres tuvo su anhelado Dakar sudamericano.
En un día agobiante terminamos con la frase, hoy más que nunca vigente, lo más importante de un Dakar es poder terminarlo. Y nosotros lo terminamos.
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